por Matt Perse
Fotos de Mauro Franceschetti
La noche era cruda. La cancha estaba húmeda y el público, ansioso. Esta noche, iba a jugar al bike polo… o así pensaba. Era la tercera vez que había ido a la cancha, así que ya conocía a varios jugadores aparte de mi amigo Juan Pablo, y por eso algunos me saludaron cuando llegué. Después de semanas de lluvia y tiempo inadecuado para jugar al polo, las canchas de Plaza Medrano (en la esquina de Costa Rica y Acuña de Figueroa) habían quedado momentáneamente inutilizables. Así que los ciclistas tenían muchas ganas de jugar.
No llovía esa noche, pero el aire húmedo había logrado un terreno resbaladizo para las bicicletas; los jugadores se deslizaban constantemente y se patinaban, una muestra primordial simultánea de agresión y control mecánico delicado de sus máquinas, a las que llaman “mulas”. Jugaban por instinto, y sabían exactamente el momento en el cual frenar o poner un cambio en equilibrio, lo cual marca la diferencia entre un golazo y caerte chocándote con las gradas que encuadran la cancha. Las líneas que habían trazado en la cancha, normalmente parecidas a las que hacen los jugadores de hockey sobre hielo, estaban todavía más exageradas y sacudidas, casi fuera de control.
El público, en su mayoría otros ciclistas, parecían absorber y expulsar la misma energía que se sentía en la cancha, que tuvo que ser dividida en dos después de que llegaran casi 30 jugadores (se juega de a 6 por partido, 3 por cada equipo). Y cuando este público no estaba hipnotizado por la orgía de engranajes, pedales y pelotas, estaban compenetrados en una regia fiestita: cerveza, vino, whisky y faso. Lo normal para una noche fría de agosto.
Así que había mucha energía junta. Y de ahí mi vacilación entre jugar o no.