ENTREVISTA
SIRO BERCETCHE - MÚSICO
SIRO BERCETCHE - MÚSICO

por Fabi Feyt

Fotos de Paz Olivares-Droguett

¿Desde dónde estará viniendo Siro Bercetche? Camino una cuadra desde casa hasta mi bodegón preferido en San Telmo mientras pienso si no hice mal en invitarlo a almorzar en este extremo de la ciudad. Hoy todas las calles están cortadas y se está empezando a palpitar el asunto del TC2000: caos furia lentitud y fascismo por todo Buenos Aires. A todo esto, le cuento al dueño de El Refuerzo que Bercetche es vegetariano, y que por favor no haga un despliegue de sus salames de bambis o sus escabeches de otras criaturas entrañables. Me siento a escribir esto y a delinear las preguntas que nunca uso cuando llega Segundo/ Siro con sus gafitas de sol, un poco roto por haber tocado anoche con Félix y Los Clavos en El Especial.

Segundo “Siro” Bercetche (la historia de su nombre en Los Caracteres) forma parte de la escena musical porteña desde hace más de diez años. En 2002 fue parte de Jack Valenti y el mismo año sacó su primer disco como solista, Jet-Lag. Con Música simple para gente complicada (Estamos Felices, 2004) y Doido (editado por el mismo sello dos años después) se perfiló como el perfecto cantautor indie. Bajo el nombre de Siro II Bercetche y su Fundación, el año pasado mandó todo esto un poco al carajo y sacó El Destructor (Crang Records), producido por Iván Díaz Mathé, de Nairobi, grabado en estudios ION y Barcelona, ciudad a la que volvió a tocar hacer unos meses.

Tal como me pasó en su momento con el disco nuevo de Las Kellies (hermanadas en algún punto con él), tanta mezcla de estilos aparentemente distantes entre sí en realidad termina conformando una bomba uniforme de canciones, unidas entre sí por un mismo hilo conductor. En el caso de El Destructor, ese patrón bien podría ser el tono y no el género: entre la ironía y el delirio constantes, la crítica solapada, el humor porno-sticky y el amor se construyeron estas dieciséis perlitas que juegan con el dub, el rap y con los acordes más redondos del rock mundial, verdadero rocanrol.

Además de su proyecto solista, toca en Félix y Los Clavos y, junto a Tomi Lebrero, es la otra mitad del dúo Los Mongos. Hacía rato que quería entrevistarlo para que me contara de sus shows en España teloneando a Jonathan Richman, de su afición por los carteles de perritos perdidos, sus pasos como trovador, videorealizador, rapero, blusero, licenciado en Comunicación Social, rollinga. Uff, y de por qué no es ninguna de esas cosas a tiempo completo.

 

Amparaste a tu disco nuevo bajo un género también nuevo: el hit hot. ¿De qué se trata?

Todo siempre está encasillado en géneros e inventarlos es algo que me divierte mucho. En mis primeros dos discos fui "cantautor folk introvertido", pff. Siempre me gustó el hip hop desde un lugar de espectador y, de repente, hice unos temas con este estilo, sumado a que estoy filmando un documental de rap y me metí con la escena de acá. En fin, un día el baterista de mi banda dijo “hit hot” y quedó. Antes habíamos armado otro género, el agro-pop para el disco anterior. Por otro lado, me gusta mucho la idea del hit, este disco estaba un poco pensado así, canciones no comerciales pero que al menos gustaran.

¿Te influenció de alguna manera el documental de rap que estás haciendo?

No creo, el tema rapero (PDM) ya lo tenía desde antes de empezar con el documental. Sí puedo decir que, después de escuchar a casi todos de la escena local, rapear en castellano es harto difícil. Estoy haciendo este trabajo con DJ Baladi, de Chile, Violeta Kovenski que es una rapera local y Diane Ghogomu, que participó en el archivo hip hop de Harvard. La idea es mostrar los distintos tipos de rap que existen.

El Destructor es muy diferente a tus discos anteriores. ¿Cómo ves esos trabajos a la distancia y en comparación con lo que estás haciendo ahora?

La verdad es que estoy tocando mucho mejor, me impresiona cómo tocaba antes, no sé cómo hacía. Grabé los discos anteriores porque necesitaba hacerlos pero no los podía escuchar y no me da para compartirlos. Este sí puedo disfrutarlo. Cuando escucho el primero me da mucha gracia darme cuenta de mi estado de ánimo de ese entonces: muy depresivo y emo, post-Radiohead, todo mal. Y ahora estoy en la onda de “está todo bien”, menos enroscado.

Igual subís todos los discos…

Sí, porque me encantan pero no estoy orgulloso. Los comparto pero no creo que vayan a gustar, o por ahí sí, porque hay gente para todo. Lo primero que hice me gusta porque es fresco, hecho por mí mismo en el garage de la casa de mis viejos. Son canciones súper depresivas, hay una que me encanta que tiene guitarra y un pianito re trucho y dice “afuera es de día y yo estoy en la sombras” o algo así. Lo que me pasa también es que a la mayoría de las canciones no las anoto y las pierdo, ya no las sé tocar. Ahora empecé a grabarme con la filmadora para, al menos, ver dónde van los dedos y no perderlas, me da un poco de pena eso.

¿Cómo fue el proceso de grabación?

El Destructor está hecho en Estudios ION, empecé a grabar unos temas y quedaron así: canciones. Lo hicimos en cuatro días. Sentí que el estudio tuvo algún tipo de influencia, estaban todas las fotos de cantantes tipo Fito Páez y no sé quién más y en algún punto me dije “tengo que hacer un disco en serio”, de géneros rock o pop, muy básicos pero a la vez tocados por mí, que no me sale nada. Ensayamos y lo grabé en vivo; después canté de nuevo para que las voces estuvieran más al frente. El disco mismo pedía eso: algo simple, sin capas.

Considero que es irónico y chistoso pero no es una teatralización de algo. Tiene un montón de temas en serio y otros en joda, como Sasha, que salió de mi manía de coleccionar carteles de perros perdidos, la letra está ahí, en el póster. Me encanta cuando sucede eso.

¿Por qué se llama El Destructor?

Armo cosas y después las desarmo. Me acuerdo que cuando era chico arreglaba todo con los playmobils y después me iba, no me acuerdo de jugar. Lo divertido estaba en construir toda la ciudad y después, chau. Es una especie de patrón, no me gusta la cosa definida, cuando sé qué es lo que va a pasar. También el nombre funciona para romper con toda la onda con la que venía, el formato de cantautor, que me aburrió bastante. Ahora siento que este disco gusta un poco más, ya lo toqué un par de veces. No puedo fogonear algo que siento que no se sostiene, antes me pasaba un montón con la guitarrita, me decía a mí mismo “esto que estoy haciendo es una mierda, no lo puedo sostener”. Y ahora lo noto más contundente y con mucho más feedback.

Para mí el disco tiene mucho de rollinga…

Sí, me encanta. Cuando hice Sasha, estaba feliz, es mi tema más rollinga y disfruto muchísimo cuando lo toco en vivo. Me gustaría armar algo con mis amigos de Barrios Bajos (banda rola 100%). El Destructor tiene eso, un lado más rapero, también blusero, cositas dub, medio cósmicas y ahí se nota la mano de Iván, como en Dispararte, una canción cuyas baterías están grabadas en España por un primo que en realidad no es primo, un baterista profesional que se copó en girar conmigo cuando fui a tocar allá.

En ese viaje teloneaste a Jonathan Richman durante sus presentaciones por España, ¿cómo fue esa experiencia?

Estuvo divertidísimo. Pasé mucho tiempo con él, es un tipo muy simple a pesar de su imagen de excéntrico. En una ocasión, tenía que viajar de Barcelona a otra parte y me dijo de alquilar un auto para que lo llevara, me pagaba 400 euros pero al final consiguió otro chofer. Está bien, me daba un poco de paja. Su idea era no usar GPS, “vamos a seguir el mar y el sol”, me decía.

Hace poco volví a tocar allá, aprovechando un viaje que hice con Nairobi a Africa. Los vengo filmando hace rato y siempre que podemos viajamos juntos y hacemos giras paralelas. Hay buena onda en España, siempre tuve muy buena respuesta, como que la gente se ponga a cantar Crisis conmigo. Creo que allá hay posibilidades porque hay cierto gusto por la ironía, por el humor que tengo.

¿Hay alguna temática especial que uses a la hora de escribir las letras?

Me gusta hablar acerca de cuestiones universales, no de una experiencia propia. Siempre estoy pensando así, estoy muy generalizador, universalista, todo en el buen sentido. También me divierte mucho la pornografía, Internet siempre me nutrió. La dualidad éxito-fracaso también me fascina. Con Tomi Lebrero usamos mucho este tema. Con él me re entiendo, tenemos el mismo humor. Nos encanta la decadencia, como a Félix. Todo siempre roza lo loser pero con orgullo. Ahora estamos todos más positivos, menos derrotistas.

¿Cómo empezaste a hacer videos?

Estudié dos años de Cine en el Cievyc y ahí arranqué. Tenía dos minutos de fílmico que usé para armar Fuck Froid, en 2004. Después conocí a Alvy Singer, me gustó mucho su canción Empezando a terminar y salió el video naturalmente. Después llegó el de Marcelo Ezquiaga, el de Isol y el de Rosal.

Tocás en Félix y los Clavos, en Los Mongos con Tomi Lebrero… ¿y aún así no te sentís músico al 100%?

Siempre me gustó sentirme fuera. Es una constante en mi vida: empiezo a hacer videos y existe la posibilidad de entrar en publicidad, me meto un poquito y paf, ya me salgo y me vuelvo más músico. Y siempre tengo esa cosa destructiva u poco estúpida y de decir “No, ¡no soy eso!”. Me divierte recorrer un camino y hacer otro y después otro. Siempre sostuve que no me quiero quedar ni con una cosa ni con la otra, pero ahora la música es más consistente en este formato nuevo, con una banda bien armada. Antes era más insostenible, me ponía a afinar y era un desastre. Y también me gustaba eso, medio masoquista. Ahora me siento más seguro, aunque todavía me falta un poco más de constancia. Ya va a llegar, o no!