por Vanessa Bell
Photos de Mati Kalwill (color) & Flavio (B&N)
Traducido por Paola Piersantelli
El día que la Masa Crítica amaneció gris y amenazando con llover. Buenos Aires tiene un microclima, con molestos e impredecibles patrones de lluvias, así que sabía que cualquier toma de decisiones sería pospuesta hasta último momento. Tenía muchas ganas de volver a andar en bici. Y esta iba a ser mi primera aventura en las calles de la ciudad, con una bici que aún no me era familiar, tomé la postura ciclista del buen tiempo. Bueno Aires es una ciudad alocada y mala, donde las reglas y convenciones son desobedecidas en cada semáforo, giro, y líneas peatonales de cruce, y esto sólo hablando de tráfico. Pero como la suerte quiso, las nubes negras de hollín, y la torrencial lluvia se disiparon y abrieron paso para el sol de la tarde. Pedaleé con cuidado hacia el viento y abracé sus cálidas ráfagas de atardecer, para hacer mi viaje de soltera en mi nuevo servicio de corcel vintage, por la calle Salta, hasta el punto de encuentro, el Obelisco en Av. 9 de Julio.
Masa Crítica empezó en Buenos Aires hace dos años, y hace un mes la idea de un evento nocturno a la luz de la luna llena fue exitosa. No desfila con un evento político, y se enorgullece de no ser representada por ningún individuo, sino más bien un cuerpo de ciclistas de ideas afines, involucrados en reuniones espontáneas que crean un espacio social a través de la bicicleta. Originada en china por razones meramente prácticas, los ciclistas negociaban el cruce donde no había semáforo, juntándose y formando la “masa crítica” para cruzar la calle, de forma relativamente segura.
Mientras pasaban los minutos, más y más gente llegaba, el creciente sentido de anticipación y emoción se palpaba, sin saber exactamente cuándo saldríamos o hacia donde nos dirigiríamos, destino bastante desconocido.

Los “rings” de los timbres de las bicicletas expectantes fueron “in crescendo”, era claro que nuestra aventura era inminente. Nos tiramos al costado de la calle principal, rodeando el obelisco, y nos acostumbramos rápido a las disonantes bocinas que nos tocaban los autos porque les bloqueábamos el paso, durante la pedaleada de dos horas por la ciudad. Había una colección variada de bicis, en un rango que iba desde asientos vintage y equipo que pedía a gritos ser arreglado, hasta bicis de carrera y playeras. Algunos vinieron en skate y hasta un tipo trotando que le podía jugar una carrera a Forrest Gump por plata, y que se mantuvo junto a la masa durante toda la bicicleteada.
Las cándidas sonrisas y la euforia eran infecciosas. Mientras giramos hacia la avenida Leandro N. Alem, mi amigo Mati Kalwill se me arrimó con su bicicleta Boardwalk doblabe, en la cual puso un viejo reproductor JVC de los padres, y lo conecto a su iPhone, ganándose unos puntos (brownies) por estilo e inventiva. Zigzagueamos entre varios ciclistas, “Of Montreal” nos proveyó el soundtrack ideal.

El sentimiento general que tenía era de invencibilidad, a pesar del hecho que en punto estaba detrás del grupo, con los autos agresivos y los colectivos mordiéndonos los guardabarros, aun así sentí esa sensación de seguridad a montones, y que juntos estábamos logrando algo maravilloso, estábamos apoderándonos de la ciudad y haciéndola nuestra, aunque momentáneamente. Había participantes muy experimentados en la masa quienes cuidaron la seguridad del grupo por encima de la propia, yendo adelante formando una barricada humana para detener el tráfico de cada lado cuando el semáforo se ponía en verde.
Habíamos pasado debajo de unos puentes, y chillamos y pegamos alaridos en una regresión a la infancia. Saludamos a los que pasaban caminando, algunos respondieron saludando, y otros aplaudieron y animaron con aprobación. Las amistades se forjaron durante el camino, con conversaciones animadas entre chicos y chicas, un caldo de cultivo para la actividad del coqueteo, una conquista de un participante resultó un una intensiva búsqueda de una misteriosa chica de capucha roja por facebook en los días subsiguientes.

El momento supremo fue cuando derrapamos hacia la avenida, dando un breve y corajudo grito por ambas manos del túnel de Libertador, una bajada inclinada en la que nos metimos para luego ser recompensados retomando el curso y haciendo la más deliciosa bajada sin pedalear en un salvaje unísono.
La masa quedó agotada al llegar al Planetario, era claro que algunos estaban gesticulando desde las proezas de la tarde, aunque me quedé con la impresión de que algunos querían seguir pedaleando durante la noche. La tentación de una imprevista fiesta con luna llena fue el factor decisivo, con un tipo vendiendo cerveza helada de una heladerita, proveyendo el tan necesitado refresco, y tambores tribales de fondo para terminar con “The Early Hours”. Por todo lo que la masa dispersó en términos físicos, la energía que esto creó continuó uniendo y estando en el aire, por horas y días, muchos ya cuentan los días que faltan para la próxima reunión, y otros hablan a más no poder sobre la experiencia en blogs y redes sociales. Yo terminé yendo por una pizza seguido por un gentil viaje a casa con Maty, su amigo Flavio, el reproductor, y “The Tallest Man on Earth” para acompañarnos por las desiertas calles de Palermo, sonriendo como el gato de Alicia, mientras repasaba en mi cabeza las mágicas experiencias de hacia un par de horas.
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