por Fabiola Feyt
Diez días nublados, helados y con lluvia precedieron a mi encuentro con Soema Montenegro. Sin embargo, ese mediodía, casi como un cliché, el cielo se despejó por completo, así que no dudamos ni un segundo en sentarnos a tomar un té de jengibre, menta y miel en la vereda de un barcito de Palermo. No fue tan fácil encontrarla en la ciudad (pasa casi todo su tiempo en su casa en Haedo, en el oeste del conurbano bonaerense) pero, antes de su primer ensayo con las obras de León Ferrari para Las Esculturas Sonoras de la mega-muestra Tecnópolis, charló un ratito al sol.
Soema es cantante, compositora, guitarrista, escritora. Hay quienes afirman que también es una maravillosa cocinera. Una poeta surrealista y sanadora, chamánica. Hace muy poco sacó su segundo disco, Passionaria, producido por Juanito el Cantor, que estará presentando en septiembre en Buenos Aires y el año que viene en Estados Unidos y Canadá. Una seguidilla de canciones libres y llenas de experimentación, con la voz de Soema que se dispara hacia todos los costados mientras los instrumentos la siguen, y también la guían.
A diferencia de su primer trabajo – Uno Una Uno-, en esta ocasión incorporó instrumentación y otros timbres, siempre resguardando el lugar de la improvisación, uno de los ejes básicos de su obra. “Ese lugar está muy vivo dentro de la canción, el estribillo es la parte improvisada. En realidad, ese descontrol tiene que ver con estar ahí, se siente cuando termina, adónde te lleva la improvisación”, cuenta Soema. Atrás nuestro hay unas francesas hablando a los gritos con unas alemanas. “No le tenemos miedo al descontrol -continúa- entonces nuestra premisa es descontrolalo al máximo y después de eso podemos ir graduándolo un poco”. A modo de ejemplo, cita La Milonga Ensoñada, una de las canciones de Passionaria: “El personaje que canta la canción está loco, es una mujer que está al borde de todo, la veo en un conventillo, cocinando. Espera algo que no llega y sueña con otro lugar que no es ese y se desborda”. Soema la deja desbordarse en ese espacio, lo siente necesario dentro de la canción, lo permite tirando la voz al aire.

Empezó su trabajo vocal hace mucho. En un momento determinado se puso a cantar y recién al tiempo se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Su papá le regaló una guitarra cuando era chiquita y rompiendo cuerdas a full, poco a poco, asentó todo lo que fue aprendiendo, encontró un eje. Encontrar un profesor de canto no fue simple: “Empecé a estudiar en el Conservatorio de Música pero sentía que el canto lírico no era para mí de esa manera, lo veía muy riguroso. Probé unas clases pero no lo sentía confortable, me decía a mí misma que cantar no puede ser nunca tan incómodo”. Aguzó la búsqueda hasta que encontró maestros que trabajaban la voz desde la integración y la conciencia de aquello que movilizaba el canto. Poco a poco sentó las bases de lo que quería aprender y transmitir. La idiosincrasia de la canción, como ella la llama, está totalmente relacionada con lo que sucede en el interior. “Pareciera que lo más superficial es cantar pero lo que se mueve es lo más profundo de cada uno. Tiene que ver con respirar, conectarse”, concluye. Como una gran meditación.
A lo lejos se dibuja la silueta de Jorge, su pareja y compañero de canciones, que llega al ensayo. Comenta que tiene hambre, Soema saca una delicia caserita de un tupper (¿una empanada? ¿una milanesa de berenjena?) y nos ponemos a hablar de Vincent Moon y su Blogotheque.
Pura coincidencia: mi entrevistado anterior para WUBA también había trabajado con el videorealizador francés y esa colaboración funcionó como disparador para muchos otros proyectos felices. En el caso de Soema Montenegro, ocurrió lo mismo. “Ya habíamos hecho tres o cuatro temas pero Vincent nos dijo que quería hacer una especie de documental. Después se fue a NYC y Francia y mostró lo que había hecho con nosotros a muchas personas. A partir de esto, nos invitaron a tocar en Europa y un sello de Estados Unidos nos propuso editar Passionaria allá y en Canadá”, cuenta Soema, y Jorge agrega: “Todo lo que se empezó a abrir con Vincent no lo llamaría suerte. Es una consecuencia de mucho laburo que venimos haciendo hace rato. Es todo una cadena de cosas. Yo creo que también es apostar a lo que creemos musicalmente”.
A mi lado está Kevin de WUBA, también tomándose un té calentito. Lo que más nos interesa a ambos es averiguar cómo diablos hacen para crear las canciones. Ella nos explica: “Cuando me pongo a tocar, la voz sola elige adónde ir entonces yo la sigo para ver lo que me va revelando. Y así vamos probando sobre una estructura que se va armando, sobre lo que yo voy componiendo con la letra y con la música. Todo lo que Jorge transforma de la instrumentación se vuelve súper rico, materializa ese paisaje donde se mueve la música”. La receta perfecta.
Ya es casi la una de la tarde y en el galpón que guarda las obras de León Ferrari que serán intervenidas en Tecnópolis por diversos músicos espera Paloma, la nieta del artista. Soema se toma su tiempo para recorrer y probar los péndulos de hierro, árboles rectos de alambres, cajas de madera y acero que van a ser sus otros instrumentos este sábado. Se mete dentro de una especie de mini habitación con paredes de alambres. Las toca, se recuesta en ellas, las hace sonar, les canta. Llega el contrabajista, aparece la guitarra. La voz de Soema llega a todos lados, rebota en el techo altísimo del galpón, se enfrenta al frío. Todo vibra.“Estás en tu mundo”, le decimos y estalla de risa. La risa también rebota.





























































































































































