Por Eve Hyman. Fotos x Sam Campbell Traduccion Gustavo Toba
Como un gigante tuneado, los colectivos en Buenos Aires vienen atestados del propio estilo personal de sus conductores. Hablo de arte con aerosol, estampitas de santos enmarcadas, dedicaciones de amor a su mujer y parabrisas con flecos.



El rugido del paso de los colectivos es ya un sonido incluido al paisaje acá en Buenos Aires. Los departamentos, con sus ventanas cerradas, mantienen el estruendo fuera mientras la contaminación sonora y el nivel de polución crecen poco a poco sobre la ciudad. Pero con un subte limitado para una hiper extendida metrópoli, donde sólo un puñado de la población posee coche, el sistema privado de líneas de colectivos con GNC o gasoil es el principal modo de transporte. Por suerte para nosotros, la cultura de los colectivos agrega arte noise al ruido de los pistones explotando en los oídos.
Soy una persona de tren, que evita el tráfico y disfruta de viajar tranquila. Viviendo acá, uno no puede evitar los colectivos, que dominan el tránsito. Si tiene sentido unirse a ese colectivo, me sumo a la cola y espero, mirando gente en el bondi.
Una vez arriba, el colectivo salta, frena de golpe y se balancea mientras Suzanne Vega canta “My name is Luca” en la radio que suena de fondo. El chofer armó su espacio como un mini boliche. Arriba del parabrisa un fleco de terciopelo azul oscuro con un fileteado en con motivos de tango de rizados detalles plateados lo recorre todo a lo largo. El chofer pasa su día de trabajo con tres esferas espejadas colgando del techo, formando una constelacion de papá bola, mamá bola y bebé bola de boliche. Con sus asientos de vinilo azul convertidos en mini trono, el colectivo va envuelto de toques personales en donde El Zorro y Fiebre de Sábado por la noche se dan la mano. Yendo en el 39 de San Telmo a Palermo, voy metida en un plan disco-gaucho mientras escucho una simple banda de sonido que me da en la cara.





El sistema de subtes en Buenos Aires fue construido por los británicos en 1913 y sirvió para enaltecer la ciudad con una imagen de cuasi primer mundo. 1.400.000 pasajeros lo toman por día, en comparación a los más de 8 millones de argentinos que frecuentan los colectivos urbanos y que vienen desde las afueras de la ciudad. El sistema de colectivos maneja el tránsito al por mayor sin intervención de los funcionarios; y puesto que los colectivos pertenecen a empresas privadas, la regulación de algún tipo (como el traspaso de colectivos) es casi imposible. Esta situación posibilita a la vez un modo curioso de mercado negro de monedas. Las compañías de colectivos se guardan el cambio que reciben. Dado que cada persona debe tener el cambio exacto para viajar, la demanda de monedas es alta. Un déficit artificial en la circulación de monedas hace subir su precio. Esto explica cómo un paquete de monedas en el banco o el supermercado cuesta 12 pesos por el valor de los 10 pesos en monedas en Buenos Aires, y por qué nadie tiene cambio de veinte.

La parada del 152 en La Boca y este conductor han terminado por convertir su espacio físico en un supremo puticlub. Un telo sobre ruedas que le da un toque sexy a los pasajeros: los flecos rojos de terciopelo, corazones en aerosol y poemas de amor impresos encima del espejo retrovisor chocan con el estilo macho dominante del chofer.



Los pasajeros son de todas las edades; van tranquilos y con sueño después de una jornada de trabajo en la ciudad; cada uno en su propio mundo, mirando por la ventanilla, mientras vamos volando por la calle.
Una pareja de chicas con calzas y remeras largas y ajustadas charlan junto a la puerta de salida trasera. Las puertas se abren de un golpe, el colectivo aún en movimiento, y ellas bajan del vehículo. Casi sin detenerse, para meterse nuevamente en avenidas sin carriles entre el grupo de coches, la masa de bólidos colectivos con parabrisas temáticos se hacen la plata del día. De fondo suena Phil Collins. Pienso cuán inusual es que un sistema de tránsito municipal haya podido virar al punto de una compañía de cursis y alargadas limusinas. Y en qué buen espectáculo para el observador con el cambio exacto.
































































































































































