por Matt Perse
“Tiene que estar por acá,” pensé. Hacía tiempo que el sol ya había bajado, y mientras caminaba por el Microcentro, las calles se estrechaban alrededor mío. Por fin – Paraná. ¿Cómo era la altura? Un cartel chiquito me llevó a Paraná 340, hogar de Jazz y Pop, como a polilla atraída por una lámpara.
En lugar de dar a una sala, la puerta se abrió ante una escalera que llevaba peligrosamente hacia abajo. Ahí, lo primero que encontré fue una mesa, que parecía una vieja barra, donde pagás la entrada – si es que cobran esa noche, o mejor dicho, si les importa lo suficiente como para cobrártela. Encontré una silla en una mesa desocupada, separada por pocos centímetros de otras mesas, y me di cuenta de que, aunque afuera estaba sufriendo por el viento y el frío, adentro estaba todo chivado. Pedí un trago, y mientras lo esperaba, miré la sala. Llena de fotos y objetos que fueron dejando los jazzeros a través de los años.
Me saqué el pelo de la cara y el sudor de la frente y noté los paraguas colgados en los rincones. “Es por las goteras,” me explicó alguien. Miré hacia el techo, el cielorraso medio descascarado y la plomería caótica, y me pregunté si el comentario sería verdad. Me traen el trago y, como una inyección de energía, escuché la música. ¡Claro, la música! Había estado vibrando desde el centro de la sala desde que llegué. Los músicos no tocan desde un escenario, sino desde el piso, en el medio del bar. Y tocaban groso.

“El Negro” Gonzalez, dueño del bar, es un libro abierto. Por suerte, me pude sentar con él después del segundo set, y amigablemente me contó la historia de un bar que es más famoso de lo que me había imaginado. El Negro es un hombre mayor, de baja estatura, medio pelado y de cara amistosa. Para él, la música es todo. Como él es bajista, su vida giró casi siempre en torno a la música, tanto como músico como siendo el dueño de un bar. A mediados de los ‘60s empezó a pensar en abrir un boliche. La idea era tomar un “pedacito de la torta de música.” Soñaba crear un espacio que les gustara a los músicos, una suerte de reducto para conocedores, donde la improvisación y la informalidad dictaran el ambiente; nunca le importó tanto ganar plata con el proyecto. Aunque rápidamente aclara, “Algo de plata estaría bueno. Así compro un nuevo piano para la casa.”
Durante esa época, el jazz era lo más presente, pero el rock, el blues y el folk también fueron bienvenidos en el club. Todos venían, como todavía lo hacen, a zapar. Las jam sessions de todas las noches no tardaron en hacerse famosas en la escena musical local. Al poco tiempo, las jams ya eran conocidas fuera de Capital. Músicos de todo el mundo han pasado a tocar por acá. Muchos años atrás, cuenta El Negro con una sonrisa dibujándose en su cara, lo visitaron dos marineros de San Francisco. A su regreso a Estados Unidos, pasaron por otro club de jazz y se cruzaron con el mismísimo Chick Corea, que estaba por salir de gira hacia el sur. En los años ‘60s y ‘70s, Corea electrizó el jazz, primero junto a Miles Davis y luego por su cuenta. Corea ayudó a crear un género dentro del jazz conocido como “fusión,” que mezclaba instrumentos y formas tradicionales – trompetas, percusión y bajo – con instrumentos novedosos para la época – guitarra eléctrica, teclado y piano eléctrico, sintetizadores. Cuando llegó a Buenos Aires, buscó a El Negro y a Jazz y Pop, solo por el placer de participar en un jam. Siguiendo las “reglas” del lugar, no pidió que le pagaran por haber “hecho presencia”. En cambio, según El Negro, Corea expresó su agradecimiento por haber podido tocar en la jam. La noche de mi entrevista, El Negro se preguntaba medio en chiste si Corea pasaría por el bar cuando estuviera en la ciudad, a principios de Junio.
Tanto la informalidad como el sentido de bienvenida son las características más definitivas de Jazz y Pop. A pesar de haberse distanciado de sus dos socios originales, que eventualmente lo hicieron renunciar a una parte de su negocio, El Negro se las arregló para mantener viva su idea de un boliche para músicos, en varias locaciones diferentes y a través de los años. Para él, un músico obsesivo y amante del arte, invitar músicos para que vayan a tocar siempre fue “como si los invitara a mi casa.”
Y de hecho, el lugar se siente como si fuera una casa, y no solo por cómo se ve o cómo la trata El Negro, sino porque él te deja tratarla como si fuera la tuya propia. La entrada, cuando le pinta cobrarla, va casi toda para la banda, él saca ganancias humildes de la cerveza y la comida, que hace en una cocina que parece la tuya. No hay lavavajilla, los platos y cubiertos no son del mismo juego, y la comida aparece de la nada, desde hermosas heladeras y freezers de acero inoxidable – que parecen salidos directo de los años ‘40s. Cuando El Negro está disfrutando la música y no puede atender a los clientes, jurarías que los mozos son clientes que se pusieron a dar una mano.

El Negro no tiene prejuicios, y no pide nada más que el respeto por la música de parte de sus clientes. Es decir, que la escuchen y disfruten. En ese sentido, es minimalista. Lo más importante, sostiene él, es que los músicos estén cómodos y que se sientan como en casa, así se expresan con más libertad. Siempre odió los lugares en donde la gente que va a “escuchar música”, no escucha nada, sino que se pone a charlar. “Soy músico,” repite durante nuestra conversación, “Entonces pienso en los músicos primero.”
Hoy en día, Jazz y Pop es exclusivamente de jazz, y los lunes están reservados para las “big bands”. El Negro promocionaría el lugar, pero aparte de que no tiene la plata, no es su onda. “Arruinaría el lugar” explica.





























































































































































