Por Katie Matlack
Fotos de Andy Donohoe
Traducido por Kevin Vaughn
Suena el celular de Federico. Apoya su tenedor y cuchillo sobre la mesa y atiende la llamada, “Hola?”
Estamos almorzando en un café dentro de El Galpón, un granero amarillo y espacioso con una “G” gigante de color negro estencileada en la pared exterior. 30 años atrás, era un taller donde se arreglaban trenes. Cuando desaparecieron los mecánicos y los trenes, por un tiempo la estructura quedó como tantos otros depósitos abandonados. Al oeste del granero, en un campo de flores de mostaza, todavía se pueden encontrar vagones oxidados. Hoy con el techo y los pisos renovados y pintados, con nuevos baños públicos, una cocina y una parilla, El Galpón ha vuelto a la vida como el mercado cooperativo de comida orgánica más grande de toda la Capital. Miles de visitantes y más de 40 productores y artesanos se reúnen aquí todos los Miércoles y Domingos entre las 9 y las 18.
Fede (27) es el coordinador del Galpón. Estoy sentada en el café que le sirve de oficina y he interrumpido su día Miércoles para aprender más sobre este paraíso ubicado en Chacarita. Ya ha recibido 4 llamadas desde que nos sentamos, y eso que recién es Miércoles, super tranqui en comparación los Sábados, el día más concurrido. Tan apasionado como pacífico, lleva una remera naranja y es de sonrisa fácil. Este año se recibe de Sociólogo en la UBA. Antes de que corte, apurada como unos bocados de la tarta que me pedí, disfrutando los sabores salados, la tapa mantecosa y la mezcla de berenjena, tomate y albahaca.
Me cuenta lo esencial: trabaja para la Asociación Mutual Sentimiento, una sociedad benéfica creada en 1998 por un grupo de ex presos políticos y exiliados. La idea del mercado surgió tras la crisis del 2001 cuando, frente a personas hambrientas y una moneda muy devaluada, la Asociación respondió con una red de trueque que permitía a miles de ciudadanos reunirse en un depósito abandonado -hoy El Galpón- para intercambiar lo que tenían por lo que necesitaban. Eventualmente la red de intercambio explotó. Pero entre sus cenizas nació la visión de un mercado semanal donde la gente pudiera comprar productos locales libres de pesticida a precios razonables y directamente de los agricultores o artesanos que los fabricaran.
Fede cuenta que cuando el mercado recién abrió sus puertas, los vendedores debían desplazarse 400 metros, manejando sus carritos por un antiguo callejón de piedra hasta llegar a Federico Lacroze.
“Al principio se preguntaban, ‘¿Quién va a venir?’”, recuerda Fede, “Fueron los pioneros.”

La mesa está decorada con flores y un mantel. Los clientes descansan aquí aprovechando para desayunar, tomar un café o una cerveza artesanal. En la vidriera se ven sándwiches, tortas y pasteles al lado de jarras de jugo fresco; en la pared superior, un póster de Jimi Hendrix. A la izquierda, dos mozos en delantal negro sirven helado y charlan entre sí. A la derecha hay un motivo de arco iris para sacarse fotos; un poco más allá, una imagen de Fidel Castro. Está fumando un habano.
Al ingresar en el predio, la atención no se centra inmediatamente en los alimentos como podría esperarse. En cambio se ven libros, revistas, folletos y DVDs de cocina orgánica, hierbas medicinales y la vida natural. Es el puesto de Mauricio Vigliano, abierto en el 2009 para iluminar a los visitantes del Galpón que compraban verduras extrañas sin conocer sus nombres ni mucho menos cómo pelar o cortarlas. La información que ofrece Vigiliano ayuda la gente a desarrollar relaciones estables con la rúcala y el radicchio, evitando los encuentros touch-and-go. El Galpón es tanto un lugar de aprendizaje como un lugar donde conseguir tomates deliciosos. El Galpón es un mercado pero también, como dice Fede, “una incubadora, una distribuidora de ideas alternativas.”
De todas formas, no tendrás problema en localizar los comestibles. Hay vinos, aceites, mermeladas, pepinos y pickles apilados sobre la estantería. Los carteles de madera tallada a mano seducen a quienes atraviesan los pasillos colmados de chocolate y vino orgánico para degustar. Los productores están dispuestos para responder felizmente a cualquier inquietud. Comprar aquí no es ningún laburo – aunque exija un poco de paciencia, es más como visitar amigos. Eso es una parte fundamental de la misión del Galpón – mostrar que es posible y gratificante conocer la historia de los alimentos; cómo llegaron desde la tierra hasta tu mesita. Y también las historias de los productores tales como el fundador de la Granja Azucena Artesanal Cheese & Dairy, Néstor Abalos, que merece ser repetida: Durante la crisis, Abalos perdió todo - incluyendo su casa. Sin otra alternativa hizo lo que sabía hacer – queso. Hace diez años vendía pequeñas cantidades en El Galpón, hoy tiene una granja con sus propias vacas y cabras. Cada semana trae hormas gigantes, quesos cremosos y sólidos, blancos y amarillos. Elegí un apetitoso gouda o un queso suizo y probablemente el mismo Néstor o su hijo te lo cortarán, pesarán y envolverán. Como todos los vendedores que encuentro, Néstor quiere estar aquí y trabaja duro; anoche el hijo solo durmió dos horas porque debía terminar de alistar la mercadería para la jornada.
En un stand más hacia adentro, el de Rocío Nascriole, hay miel. Su padre Alberto está en el negocio de las abejas hace más de 20 años y tiene 800 cajas de panales. En un día tipo, vende 30-40 kilos de miel. Pregunto si los compradores han ido al campo para “conocer al productor”. “Por lo general la gente tiene miedo,” dice Nascriole, risueña. Ella ha ido personalmente a “conocer” a las abejas. Una vez. Los clientes llegan con listas específicas o las redactan sobre la marcha, también hay aventureros que traen efectivo y basándose en sabores, estaciones y explicaciones, llevan lo que más los cautiva. Cuando sabés lo que querés, le avisás al productor, éste escribe un ticket, lo lleva a uno de los dos cajeros luego regresa para entregar tus delicias.
Los vendedores comparten un porcentaje de la ganancia –entre 5 y 12– con la Asociación para mantenerla. Otro detallito: aunque hay productos que están certificadas como orgánicos, en general tenés que confiar en los vendedores cuando afirman que su mercadería es natural. El proceso de certificación es largo y caro para las pequeñas empresas familiares, además el costo de la certificación se traduciría en un aumento de precios, lo cual se opondría a la filosofía del Galpón: mantener precios bajos para que todos puedan tener acceso al mercado orgánico.


Un pedazo de campo en medio de la cuidad: así es como la gente describe el lugar. Te olvidás del quilombo que es nuestro Buenos Aires querido – el humo de los bondis ruidosos, los hombres de traje entrando a los edificios del Microcentro, la claustrofobia del subte a las 18hs – y te quedás relajado admirando este pedacito de campo, el granero y la pequeña huerta adyacente. Ahí encuentro dos hombres, Alejandro y Fabián, arrancando la maleza y trabajando el mantillo. Me convidan mate y algunos consejos de horticultura. Para que los bichos no ataquen las plantas durante una semana, rociarlas con una mezcla de ajo y alcohol diluido con agua. Hervir la piel de una banana y usar el agua para dar más potasio a las plantas. Sembrar menta y albahaca para atraer buenos insectos y repeler los malos. “Trabajando en el jardín”, dice Fabián, “aprendés fuerza.”
“No hubo arquitecto ni compañía de construcción”, recuerda Néstor Rizza, uno de los fundadores de la Asociación, quien me contaba sobre los humildes orígenes. “Sacamos un crédito para comprar materiales para arreglar el techo, luego un subsidio para la siguiente cosa, todo así.”
La lucha para mantener la Asociación es constante. El año pasado una disputa con otro solicitante amenazó con desalojar el edificio de seis pisos que contiene la central de la Asociación y administra su centro comunitario, una clínica psiquiátrica y una farmacia. En protesta sus miembros marcharon en la Plaza de Mayo junto a otros grupos amigos. Docenas de manifestantes (algunos de los cuales se habían desnudado) fueron presos. La manifestación fue un éxito –la Asociación permanece en el edificio de Federico Lacroze– sin embargo la pelea continúa.


Los clientes del Galpón con quienes converso dicen en general haberse enterado del lugar por boca de ganso. Al parecer, luego de la primera visita regresaron una y otra vez.
“Vengo porque las frutas y verduras se parecen más a las de mi pueblo”, dice una mujer que creció en Lincoln.
“Me gusta comprar productos naturales directamente de los productores,” asegura Thais Rosa, una joven brasileña con gafas que estudia en la UBA y frecuenta el mercado hace 3 años.
Fue recién durante los últimos 2 o 3 años que el Galpón comenzó a prosperar de verdad. Tal vez porque finalmente se corrió la voz de que existía tal lugar. Y posiblemente porque esté aumentando la conciencia global de que los riesgos de una agricultura industrial podrían superar los beneficios.
Los beneficios: tu leche de soja es barata, tiene el mismo gusto cada vez que la comprás y la podés comprar en cualquier lado, en cualquier hipermercado, sin pensarlo dos veces.
Los costos: no podés tomar mate con Monsato y preguntarle por la cosecha de girasoles o cómo está su hijo más pequeño como podés hacer con los productores que ves semanalmente en mercados locales como El Galpón. Nunca esperarías que Monsato te comparta secretos de jardinería como Fabián y Alejandro hicieron conmigo. Y no podés esperar respuestas directas a las preguntas que cada día más personas están empezando a hacerle a Monsato como por ejemplo: si paga a los trabajadores lo suficiente como para mantener a sus familias, si le preocupa que las ganancias que obtiene por la venta de la soja se derivan de intensas prácticas agricultoras que arruinan el suelo o si está pagando por los chicos que sufrieron erupciones extrañas en la piel luego de jugar cerca de los campos rociados de pesticida.
Pregunto a los jóvenes que atienden mesas, hacen sándwiches o venden cosas artesanas en el lugar acerca de los movimientos -consumo responsable, comercio justo, agricultura orgánica, justicia económica, soberanía alimentaria- que El Galpón y la Asociación Mutual Sentimiento propulsaron una década antes de que McDonalds pintara sus arcos de verde, una década antes de que el término “orgánico” y el nombre “WallMart” podían usarse en la misma oración. Lejos de querer aprovechar la moda de la comida orgánica para hacer famoso al Galpón o aumentar sus ingresos, muchos en cambio se preguntan si la concepción que tiene el público de esta forma de vida podría verse dañada o sobre simplificada.
“Quizás la gente piense que los productos orgánicos son demasiado caros porque sólo ven comprando a los ricos”, Mauricio -del puesto de libros- reflexiona, preocupado.
Como ellos están en esto hace rato, se sorprenden un poco de que haya llevado tanto tiempo para que los demás se avivaran. Pero ciertamente dan la bienvenida e incentivan los esfuerzos de las empresas y personas en Buenos Aires que son nuevas al movimiento – siempre y cuando haya un compromiso, no con el color verde pero con el serio negocio de vivir y trabajar de una forma que respeta los pequeños productores locales, la tierra, los frágiles ecosistemas y el futuro.
“Queremos proteger nuestra tierra”, dice Fede mientras explica diversas alternativas que El Galpón y la Asociación Mutual Sentimiento están trabajando para proveer.
“Nosotros representamos el acceso, la igualdad, la oportunidad. Creemos que todo persiste. Somos una filosofía. Como movimiento debemos trascender lo que está de moda. Porque las modas cambian y nuestra forma no: siempre será válida y posible. El Galpón es una prueba de ello”.
El Galpon, Av. Federico Lacroze 4171, Miercoles y Sabado 9 a 18
































































































































































